El "valor" de la disCAPACIDAD materna


Ellas son Georgina y Anabella. Dos madres que, sin conocerse, hoy son las protagonistas de un mismo escrito. Estas dos increíbles mujeres y madres son un testimonio de valentía, lucha y perseverancia de vida, específicamente en su maternidad.


Georgina, con un diagnóstico de autismo, tomó la decisión de ser madre a pesar de lo que cualquiera pudiera decir o pensar. Hace 10 años se sometió a una fertilización invitro que, como ella misma lo dice: - “pegó a la primera” - . Cosas del destino, pues su pequeño estaba decidido a venir a este mundo.


Por su condición de autista tiene sensaciones desagradables ante el contacto físico y las interacciones sociales, sobre todo, las que implican acercamiento o tacto. Son un constante reto a su mente y a su bienestar. Pero, ¿Cómo enfrentar esto cuando la maternidad es 100% contacto físico? Sería la pregunta inquisidora de una sociedad dura y exigente con las madres que tienen algún tipo de discapacidad.


Para sorpresa de muchos, el pequeño Gael llegó para disipar esas sensaciones y transformarlas en alegría, disfrute y amor profundo. Solo su hijo puede tocarla y abrazarla sin sentir rechazo. Para Georgina, el amor hacia su hijo ha transformado su ser de una manera casi mágica, pues aunque, en su caso, la maternidad ha sido más agotadora que para muchas, le ha permitido vivir y sentir de primera mano la conexión entre una madre y un bebé durante su lactancia.




A pesar de todo pronóstico consiguió tener 6 años de lactancia exitosa de la que hoy habla con orgullo, pues sabe que ese contacto y apego de la lactancia fueron pieza clave para el desarrollo de su hijo del que, años después comprobó que también tenía autismo. - “Muchos niños autistas dejan de ser cariñosos sobre los dos años de edad” - dice Georgina, quien describe a su hijo de 9 años como un niño muy cariñoso y expresivo. -“creo que la lactancia tuvo algo que ver ahí”- agregar Georgina, convencida de que en su caso, el darle pecho a su hijo le confirmó más aún que la maternidad pesa más que su discapacidad.


Lo mismo piensa Anabella, quien debido a un accidente automovilístico cuando tenía 22 años, sufrió una lesión en la región medular que no le permite tener movilidad en sus piernas y en los dedos de las manos. Su historia es quizás más dura en términos médicos porque, debido a su lesión, su embarazo siempre fue considerado de riesgo para ella y su bebé. Su condición jamás frenó sus deseos de ser madre. Tras tres intentos fallidos de fertilización creyó que este sueño de maternar jamás se le iba a cumplir. Sin embargo, la vida le tenía preparado el mejor regalo; tras un vínculo corto que no prosperó con un chico, hace tres años quedó embarazada de su pequeño que hoy ilumina sus días.



Tuvo un embarazo difícil con algunas cuestiones médicas que hicieron que viviera esta etapa con muchos miedos e inseguridades. El parto fue prematuro y nada sencillo. A las 35 semanas tuvo una neumonía cruzada que la llevó a estar varios días intubada. Tuvieron que hacerle una cesárea de urgencia y casi no tuvo contacto con su bebé los primeros 15 días de vida. Esto complicó el inicio de su lactancia, Pocas gotas de calostro que conseguía extrarse pero que tenía que tirar porque los antibióticos que tomaba no eran compatibles con la lactancia. Ella necesitaba asistencia para amamantarlo pero, más que eso, necesitaba una voz de aliento que le dijera: “tranquila, tu puedes lograrlo”. Quizás eso hubiera sido suficiente, pues cuando estaba en el hospital, pidió con señas un psicólogo que jamás llegó. Contrario a eso, solo escuchó a las personas preguntarle constantemente si de verdad quería continuar con una lactancia que quizás no podría mantener.


Luego de intentar establecer su lactancia por varias semanas sin éxito, decidió que aunque no le diera leche a su bebé, sí iba a regalarle su pecho, su contacto, su calor a través del piel con piel constante para así hacerle sentir todo el amor que ella tenía para darle.



Hoy Anabella es una feliz madre soltera de un pequeño de dos años y medio. Con una fortaleza admirable y con la ayuda de la persona que la asiste, es una madre presente, amorosa, que intenta todos los días enseñarle a su hijo la independencia que ella no tiene. Anabella describe a su hijo como un niño feliz, muy seguro y autónomo. Un niño que, con su carácter determinante, alegra sus días, motiva su camino y la impulsa a ser una mejor madre todos los días.




A Georgina y a Anabella las une una maternidad acompañada de una discapacidad que no las hace menos madres que cualquiera. “Somos iguales que el resto de mujeres pero con limitaciones” - Dicen. Como cualquier madre, ellas buscan el bienestar de sus hijos, inyectándoles siempre la mejor medicina: el amor, ese sentimiento mágico con el que cada madre aporta su granito de arena para hacer de este mundo un lugar mejor.


A Georgina y a Anabella no les quedó grande la maternidad. Al contrario, de ellas sin duda alguna hay muchas cosas que aprender, porque ni por un momento escucharon a la sociedad que cuestionaba su posibilidad de ser madres. Ellas claramente, con sus acciones, desmienten los mitos que hay entorno a la discapacidad materna.


Son mujeres extraordinarias cuyo valor y fuerza no se miden con cronómetros, centímetros o tests cognitivos. El ”valor” de su maternidad se mide con el barómetro del inmenso amor que tienen para dar a sus pequeños.


Andrea G. Forero

Creadora de lactadvisor.org

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